dimecres, 14 de desembre de 2016

EL SOCIALISMO Y LA MALETA DE CHARLOT



En una película de Charlot hay una escena donde está haciendo el equipaje. Se sienta sobre la maleta, salta sobre ella y, cuando por fin consigue cerrarla, por los laterales de la maleta sobresalen partes de diversas prendas de ropa (tirantes, el cuello de una camisa). Así pues, Charlot coge unas tijeras y corta todo lo que sobresale. La poeta polaca Wislawa Szymborska recordó esta escena en el discurso que pronunció cuando recibió el premio Goethe en 1991. “Esto es lo que nos acostumbra a pasar cuando nos obstinamos a meter la realidad en la maleta de la ideología.”

Szymborska se refería al dogmatismo estalinista que ella había vivido de joven en su Polonia natal. Un dogmatismo que también ofrecía certezas y soluciones fáciles a todas las preguntas de la existencia humana de manera que ella misma militó con entusiasmo en el partido comunista durante unos años hasta que constató que un supuesto paraíso dónde se ahoga la libertad y se aniquilan los derechos humanos desemboca siempre en una dictadura totalitaria de partido único. Es importante recordarlo ahora cuando algunos expresan su admiración por regímenes como el que sufre Cuba o Corea del norte…

Pero igual como hay un dogmatismo de extrema izquierda hay también un fanatismo de la derecha liberal que considera que la Verdad Absoluta (con mayúsculas) reside en la economía de mercado sin la intervención de los poderes públicos representantes de la ciudadanía. Esta ideología –la del culto al dinero- ha provocado millones de parados, desigualdades sociales sin precedentes en democracia, y una desesperación sin límites.   

El circulo expansivo que desarrolla es conocido por todos: eliminación de derechos sociales y prestaciones públicas, barra libre a los paraísos fiscales tipo el escándalo de los denominados papales de Panamá, corrupción y fraude fiscal, rechazo de todo lo que suene a público y –muy importante- desprestigio de la política considerada como una actividad indigna al servicio de los intereses de unos pocos.

Y delante de esta realidad es donde el socialismo democrático, la tradición socialdemócrata de Willy Brandt, Olof Palme o Joan Reventós, tiene  más vigencia que nunca. Situados en este cruce histórico hemos de tener el coraje de mirarnos al espejo y decidir que queremos hacer, como sociedad y como personas, para defender los principios fundamentales de la democracia, garantizar que las necesidades esenciales de las personas sean cubiertas por los poderes públicos y erradicar la discriminación por razón de sexo, raza o religión de nuestra sociedad. Distribuir más y mejor la riqueza, evitar los monopolios de las grandes corporaciones transnacionales y garantizar el control democrático de la economía poniéndola al servicio de la mayoría y combatiendo con eficacia la economía especulativa que tanta devastación, en forma de destrucción de puestos de trabajo, ha provocado.

¿Podemos sentirnos satisfechos como socialistas? En absoluto. En absoluto pero siempre teniendo presente que la vía reformista democrática es la única vía capaz de transformar la realidad dejando de lado falsos atajos que prometen visiones paradisiacas que acaban siempre conduciendo a regímenes autoritarios como Wyslawa Szymborska, con su sabiduría humanista, nos advertía.


¡No! la socialdemocracia es la alternativa que nos ha de conducir a la salida de la crisis y a una sociedad más justa. Os necesitamos a todos y también necesitamos lo mejor de la política, la política transformadora al servicio de la soberanía popular. Pero para lograrlo debemos dejar las tijeras del dogmatismo ideológico al margen y coger entre todos una maleta, democrática y plural, con la que iniciar un viaje hacía una sociedad donde valores esenciales como la solidaridad, la responsabilidad, la honestidad y la empatía no sean objeto de burla o de escarnio. Es un combate ideológico que los socialistas queremos disputar porque sabemos que de él depende el futuro de nuestros hijos. Es un compromiso apasionante. 

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